Artículo mes de mayo

MINERÍA EN TIERRAS NAZARÍES


Los asturianos somos una gente marcada por su pasado. Tierra que sus hijos han ido tallando en cada piedra. Y en relación con sus hijos, cantan los versos populares “(…) grandes y frondosos, como sus árboles, que llevaron con orgullo tu sangre milenaria y se esparcieron por el ancho mundo, nombrándote”. Sobre esa premisa, mi vida siempre ha estado entre piedra y árboles. Crecí en el valle minero del concejo de Morcín, zona devastada tras la caída de la minería asturiana y de la cual sólo se conservan los sólidos esqueletos de pozos mineros como el del Monsacro o La Esperanza. Recuerdo tener muy firme en mis recuerdos toda la historia minera de la región, así como las memorias de los que estuvieron antes, hablando sobre ríos negros.


Nací en 1998, año en que las huelgas mineras se convocaban de manera periódica, las cuales anunciaban poco a poco el hundimiento del sector que había dado de comer a su tierra. Mis primeros inicios en el deporte se dieron en el Club Patín Mieres, afincado en la localidad de Mieres y sede de las mayores empresas mineras de la comunidad. El pasado de todos mis compañeros, en aquella época, transcurrió entre pozos y huelgas. Por ello, a un carbayón como yo, siempre le costó entender un mundo en el que nunca había crecido. La minería cala en el sentir de los asturianos como la lluvia, es un sentimiento que, aunque no vivas de primera mano, moja toda tu memoria y se reaviva cuando te marchas de la tierrina o escuchas el comienzo del canto popular “Santa Bárbara Bendita”.


La intensificación de la amplia demanda de peticiones de registros mineros en el intervalo temporal de las décadas de los 50 y 60 coincide con el inicio de la ejecución de planes cuyo fin era estabilizar a las empresas. Fueron complementados por una liberalización parcial de la industria, el comercio y los servicios, lo que dio paso a un significativo desarrollo económico, permitiendo además la paulatina entrada de inversión extranjera y reduciéndose las trabas al comercio exterior. Todo ello condujo a una etapa floreciente para la minería metálica Asturias, acentuándose en la década de los 60 y primeros años de los 70.


Por ello, cuando me trasladé a Granada para finalizar mis estudios en Derecho y comenzar mis estudios sanitarios, una de las cosas que más me sorprendieron del pasado granadino, fue saber cómo las diferentes civilizaciones tomaron sus montes y se dedicaron a explotar sus minerales. Durante la época de la dominación árabe, en la que no existen apenas referencias sobre las explotaciones mineras, tuvieron gran importancia extracciones de antimonio en las proximidades de la Sierra de Baza, de cinabrio cerca de Salobreña, de cobre y plata en diferentes explotaciones de las Alpujarras, pero fundamentalmente, de los depósitos auríferos del río Genil, sobre cuyas terrazas aún hoy en día es posible reconocer los vestigios de explotaciones mineras y de lavaderos cerca de la Alhambra y de la localidad de Lancha de Cenes. Todos hemos oído hablar de los caños de la Alhambra y del agua que baja por el Paseo de los Tristes. Esos canales, contemplados desde las civilizaciones más antiguas, fueron cruciales para el mantenimiento de la ciudad en las épocas de hambre y peste. Pero esa agua también fue clave para la explotación del oro en la época cristiana, encontrado en depósitos aluviales y de total importancia para la posterior expansión minera de la región, mediante Real Orden. Tal fue esa fiebre por el oro granadino que, una vez instaurada en el siglo XVI la ley de Minas, tuvieron que crear en la región un directorio para gestionar dichas  explotaciones.

 


No obstante, los siglos posteriores no hicieron de menos a la minería granadina, ya que, en el primer tercio del siglo XX, se produce una gran demanda de los recursos minerales por parte de Europa, sobre todo en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, básicamente de plomo, hierro y cobre. En la provincia de Granada, durante la década de 1810, se explotaron diferentes criaderos de plomo, ya explotados anteriormente, pero esta vez para obtener molibdeno, destacando las minas de toda la Sierra de las Albuñuelas, repartidas entre éste término municipal y el de Saleres. En 1918 se constituye la Sociedad Wulfenitas del Padul y Dílar que en ese mismo año se fusiona con la Sociedad Minera del Valle de Lecrín, para acometer la explotación de diversas minas en la zona de las Albuñuelas. En Vélez Benaudalla también se explotó la "Mina Recompensa" en busca de wulfenita. Actualmente, las explotaciones mineras de la provincia de Granada se centran en estroncio (Sr) de las minas de Escúzar y, en la extracción de rocas industriales como el yeso, dolomías, mármoles o calizas, de numerosas canteras esparcidas por toda la geografía granadina.

 

 

 

 


La orografía de la región ha dado siempre los mejores contrastes, ya que Granada es la ciudad de los contrastes. Son contrastes que se asimilan al negro y verde asturiano, colores que trasladamos por el ancho mundo y que logramos matizar allí en donde encontramos nuestro hogar. La minería siempre ha movido a los mayores imperios, siempre ha logrado propulsar las economías de cada región. No obstante, tenemos el deber histórico de hacer frente a la reconversión de la minería a modelos mucho más prósperos. Debemos trasladar nuestra motivación y consolidar un modelo legislativo donde la minería se incluya como actividad esencial para garantizar un futuro sostenible. Tendremos que mejorar como profesionales -como me consta que se hace- e implementar las nuevas tecnologías en el sector con el fin de seguir mejorando tanto en el compromiso medioambiental, como en los modelos de atención sanitaria del minero, por lo que a mí me toca.
Para concluir, me gustaría citar uno de los muchísimos versos escritos a la ciudad y que considero muy acertado para este estudio:
«Granada es apta para el sueño y el ensueño, por todas partes limita con lo inefable… Granada será siempre más plástica que filosófica, más lírica que dramática.» Federico García Lorca.
Granada es apta para el sueño, por lo que no tengamos miedo de soñar hacia futuros más prósperos, en los que la minería se combine con la evolución y su gente. Ya que, al final, somos nosotros los que disfrutamos de todos los beneficios que nos brindó en su pasado y nos sigue brindando en el presente.

Miguel Andreu Calero
Granada, 15 de febrero de 2021

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